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La Coctelera

Iones primaverales

La primavera es una época del año más que curiosa que favorece estados anímicos contrapuestos. Para algunos, la presencia de sol tiene efectos euforizantes o, cuando menos, estimulantes del ánimo. Por contra, para otras personas resulta una época caracterizada por el abatimiento y la distimia. ¿Por qué tiene ese efecto paradógico la primavera? ¿Tiene alguna explicación científica?

 

Desde luego que sí. Los diferenciales anímicos pronunciados son la consecuencia irecta de la poderosa ionización positiva que sufre la atmósfera durante la estación intersticial. Este hecho puede llevarnos a un decaimiento de ánimo e incluso a leves distimias que no suelen ir a más a menos que se compliquen.

 

El incremento sustantivo de las horas de luz va puede dar lugar, en ciertas personas, a una exaltación anímica provocada por secreciones del eje hiposisiario que responden a estos cambios en la luminosidad.

 

A nivel de profilaxis mental conviene que nos "protejamos de la primavera". Lo podemos hacer procurando estabilizar y armonizar nuestras actividades de forma que tengan lugar pocos cambios y nos afecten en menor medida las emociones y sensaciones que podrían desestabilizarnos. Todo ello siempre y cuando seamos sensibles a la primavera, que no siempre es el caso.

 

Desde antiguo, la primavera ha sido un estadío propicio para el enamoramiento y el amor; no es de extrañar si tenemos presente estos efectos físico-químicos de la luz y la carga atmosférica sobre nuestra conducta.

 

Original de Luis Folgado

 

Psicólogos Madrid

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Psicología de ventas

 

La Psicología con mayúsculas se encuentra ya en la práctica totalidad de las disciplinas laborales. De hecho, no creo que a nadie le haya extrañado la forma de titular este artículo, puesto que hace muchos que la psicología se "coló" en el mundo comercial mostrando su eficacia a la hora de entrenar a equipos de venta de todas las naturaleza. Tampoco nos extraña oír hablar de "Psicología del deporte", y mucho menos de la "Psicología de empresa", centrada fundamentalmente en la ergonomía y los Recursos Humanos.

 

            Pero es en la venta donde la Psicología ha mostrado los resultados más valorados por los empresarios; el aumento en los beneficios como consecuencia de un adecuado ratio de conversión de ventas por contacto. Aquí sí que no sirven las teorías, porque aquí la Psicología es mensurable en toda su plenitud.

 

            Un pre-test capaz de determinar la línea base que tendremos que rebasar tras su aplicación y un post-test que certifique si, en efecto, los ratios han aumentado de valor y todo listo para comprobar la influencia de la variable independiente Psicología de ventas sobre la variable dependiente Ventas.

 

            Pero es el entrenador, el psicólogo responsable de implementar los sistemas motivacionales, grupales y dinámicos el responsable de buena parte de ese incremento. Por todo ello, se hace necesario contar con una mano experta que se encargue del coaching de los comerciales y directivos de venta. Porque la aplicación de los principios básicos de Psicología no es cosa baladí, y una aplicación descuidad de estos principios puede acarrear consecuencias nefastas para la actividad comercial de la empresa que se atreva a realizar experimentos con la sagrada facturación.

 

            Por todo ello se hace necesaria una buena catalogación de las herramientas psicológicas a utilizar y una buena formación de los responsables de llevar a cabo los programas formativos ad hoc que se decidan implementar.

 

Luis Folgado

 

Psicólogos Madrid

Vinos de España

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La depresión vulgarizada

 

La depresión es una de esas enfermedades o padecimientos con más tópicos en su vademécum. La alta incidencia de este mal en nuestra sociedad y la mala comunicación por nuestra parte, la de los profesionales dedicados a abordar la tristeza patológica, han llevado al término hasta un desgaste estrepitoso.  

 

Cuanto más se divulga la palabra depresión más se vulgariza y, por consiguiente, más se desvirtúa. Ya le ocurrió al término inicial "mal de melancolía" con el que en una antigüedad, no del todo lejana, se designaban estos avatares del alma cuando siquiera se conocían las células nerviosas. Una de las acepciones más cercanas a este término en la actualidad es la de "tristeza como consecuencia de visionar imágenes evocadoras" o la no menos empleada de "tristeza por ausencia o lejanía del ser querido". De este modo, decir "tarde melancólica" no equivale ya a decir "tarde depresiva", si bien debiera significar lo mismo.

 

De hecho, la primera depresión le fue diagnosticada al mismísimo rey de Crotona, Alcmeón (S. IV A.C.), que acudía a la cítara de su bufón en busca de la paz más melódica. Entonces se le diagnosticó "mal de melancolía" por la muerte de su mujer, de la que nunca llegó a reponerse.

 

Toda esta desvirtuación se ha ensañado también con los síntomas de la depresión. ¡Con qué facilidad pronunciamos la palabra maldita!.. "Me encuentro deprimido", "estuve toda la tarde deprimido en el sofá", "los domingos me deprimen", y tantas y tantas otra expresiones que no debieran haber incluido el término en su construcción. En su lugar, hubiera bastado con decir: "Me encuentro triste", "estuve toda la tarde triste en el sofá" o "los domingos me entristecen".

 

Cuando tenemos que abordar una depresión cuyo propietario la lleva soporta como puede desde hace años, el término emerge con toda su rotundidad, tremendo, sin piedad... Parafraseando al poeta: "Sin dejar bueno hueso alguno". ¡Eso sí que es una depresión como Dios manda, no una tarde en el sofá adormilados!

 

Porque este neologismo (el término es de origen inglés) cuya curiosa acepción fundamental es la de "apretar" (deprimir) ha sido divulgado antes incluso de que su significado real fuera de uso común. Debemos entender por depresión, en su sentido estricto:

 

"Trastorno del estado de ánimo que se caracteriza por tristeza continuada, ahedonia (cesación en la búsqueda del placer), irritabilidad ocasional, pensamientos sobre la muerte, decaimiento, baja autoestima y otros síntomas que la diferencian de la tristeza". (Fuente: Diccionario de Psicología de Psicólogos Especialistas Madrid).

 

En cuanto a los tipos de depresión, en la actualidad conviven términos que debieran encontrarse desuso (paradójicamente muy usados) como "depresión neurótica", "depresión endógena", "depresión in causa" o "depresión bipolar" frente a térmicos más precisos como "depresión mayor", "distimia", "depresión menor" o "trastorno bipolar".

 

Lo comentábamos al principio y lo repetimos al final... ¿La culpa? Nuestra, la de los profesionales que, lejos de difundir o divulgar, creamos confusión entre los propios "usuarios" de la depresión vulgarizando lo que tocamos. Curioso uso de la raíz "vulgo" (pueblo), cuya resultante puede ser muy distinta: Divulgar vs. Vulgarizar. 

 

Original de Luis Folgado de Torres

Psicólogos Madrid

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La depresión vulgarizada

 

La depresión es una de esas enfermedades o padecimientos con más tópicos en su vademécum. La alta incidencia de este mal en nuestra sociedad y la mala comunicación por nuestra parte, la de los profesionales dedicados a abordar la tristeza patológica, han llevado al término hasta un desgaste estrepitoso.  

 

Cuanto más se divulga la palabra depresión más se vulgariza y, por consiguiente, más se desvirtúa. Ya le ocurrió al término inicial "mal de melancolía" con el que en una antigüedad, no del todo lejana, se designaban estos avatares del alma cuando siquiera se conocían las células nerviosas. Una de las acepciones más cercanas a este término en la actualidad es la de "tristeza como consecuencia de visionar imágenes evocadoras" o la no menos empleada de "tristeza por ausencia o lejanía del ser querido". De este modo, decir "tarde melancólica" no equivale ya a decir "tarde depresiva", si bien debiera significar lo mismo.

 

De hecho, la primera depresión le fue diagnosticada al mismísimo rey de Crotona, Alcmeón (S. IV A.C.), que acudía a la cítara de su bufón en busca de la paz más melódica. Entonces se le diagnosticó "mal de melancolía" por la muerte de su mujer, de la que nunca llegó a reponerse.

 

Toda esta desvirtuación se ha ensañado también con los síntomas de la depresión. ¡Con qué facilidad pronunciamos la palabra maldita!.. "Me encuentro deprimido", "estuve toda la tarde deprimido en el sofá", "los domingos me deprimen", y tantas y tantas otra expresiones que no debieran haber incluido el término en su construcción. En su lugar, hubiera bastado con decir: "Me encuentro triste", "estuve toda la tarde triste en el sofá" o "los domingos me entristecen".

 

Cuando tenemos que abordar una depresión cuyo propietario la lleva soporta como puede desde hace años, el término emerge con toda su rotundidad, tremendo, sin piedad... Parafraseando al poeta: "Sin dejar bueno hueso alguno". ¡Eso sí que es una depresión como Dios manda, no una tarde en el sofá adormilados!

 

Porque este neologismo (el término es de origen inglés) cuya curiosa acepción fundamental es la de "apretar" (deprimir) ha sido divulgado antes incluso de que su significado real fuera de uso común. Debemos entender por depresión, en su sentido estricto:

 

"Trastorno del estado de ánimo que se caracteriza por tristeza continuada, ahedonia (cesación en la búsqueda del placer), irritabilidad ocasional, pensamientos sobre la muerte, decaimiento, baja autoestima y otros síntomas que la diferencian de la tristeza". (Fuente: Diccionario de Psicología de Psicólogos Especialistas Madrid).

 

En cuanto a los tipos de depresión, en la actualidad conviven términos que debieran encontrarse desuso (paradójicamente muy usados) como "depresión neurótica", "depresión endógena", "depresión in causa" o "depresión bipolar" frente a térmicos más precisos como "depresión mayor", "distimia", "depresión menor" o "trastorno bipolar".

 

Lo comentábamos al principio y lo repetimos al final... ¿La culpa? Nuestra, la de los profesionales que, lejos de difundir o divulgar, creamos confusión entre los propios "usuarios" de la depresión vulgarizando lo que tocamos. Curioso uso de la raíz "vulgo" (pueblo), cuya resultante puede ser muy distinta: Divulgar vs. Vulgarizar. 

 

Original de Luis Folgado de Torres

Psicólogos Madrid

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Las doce palabras del diccionario de la Real Academia de la Lengua de Oassí. El General.

 

El general era un hombre sabio. Tenía setenta carreras (aunque las carreras en Oassí duraban sólo una semana, pero una semana muy dura). Estaba doctorado en "apertura española"y "gambito danés". Se licenció en "enroque largo", también en "dobletes de caballo" e hizo la tesis doctoral sobre el "jaque mate a dos torres"; Todas sus carreras estaban relacionadas con el ajedrez.

 

            Pocas personas tenían la sabiduría del general. El jardinero venía siendo su fiel contrincante desde hacía veintisiete años. Sus partidas de ajedrez duraban "ad eternum" y tenían lugar todas las mañanas en el cuartel general de Oassí.

 

            Serenio, que así se llamaba el jardinero, jugaba con un pundonor digno de un soldado valeroso pero jamás, en veintisiete años, logró ganar una sola partida al general. Tan sólo, una vez que al general le dolía la cabeza, consiguió quedar en tablas en una larga y dura partida. Este hecho hizo al general concluir siete carreras más.

 

            A pesar de todo el jardinero, que sólo tenía catorce carreras, estaba convencido de que algún día conseguiría ganar al general, y sólo le asustaba la cara que éste pondría al tirar el rey.

 

            Aquella mañana el general se levantó y avisó a Serenio, el jardinero, para que comenzaran su trabajo.

 

-Buenos días, Serenio... ¿Cómo va eso? -El general se refería a su última carrera- ¿Estudia mucho?..

 

-El martes termino y al fin estaré doctorado en amapolas blancas.

 

-Entonces... Sembrará todo el campamento de ellas ¿Es así?

 

-¡Hombre! ¿Para qué se cree que me he pasado toda la semana estudiando? Además... ¿Dónde se ha visto un campamento sin amapolas blancas?

 

-La verdad es que no lo se -respondió el general- Nunca he visto otro campamento.

 

-Es cierto, mi general, pero si usted hubiera visto otro seguro que estaría llenito de amapola blancas, y seguro que todos los soldados harían guardia para impedir que nadie se las llevara. De otro modo... ¿Para qué sirve un ejército?

 

-Sabe, -el general lo miró pensativo- siempre le he admirado porque es usted un hombre de grandes proyectos y espero que este sea el mejor.

 

-Gracias mi general, yo sólo cumplo con mi deber. -Serenio se ruborizó y miró al tablero- Sacan blancas.

 

La partida había comenzado y varios soldados miraban a través de la ventana para seguir su transcurso. Mirar por la ventana del general estaba prohibido desde hacía veintisiete años, pero al general le encantaba que le vieran jugar y hacía la vista gorda todas las mañanas.

 

Las cinco primeras jugadas eran las mismas desde hacía veintisiete años. A pesar de ello, ambos contrincantes tardaban en mover cada peón aproximadamente media hora.

 

Todo transcurría con la normalidad habitual hasta que un soldado entró en la salita sin pedir permiso. Estaba muy alterado.

 

-Mi general, un telegrama urgente.

 

-¿Urgente?.. ¿Qué será?.. -El general dejó el telegrama junto al tablero y siguió pensando en la siguiente jugada con la mirada fija sobre la mesa.

 

Después de mover cinco fichas más, el general abrió tranquilamente el telegrama y, poniéndose las gafas con gesto más que serio, comenzó a leer en voz alta, tratando de descifrar la mala letra del telegrafista.

 

-Es-ta-mos-en-gue-rra, stop...¿Guerra? ¿Qué es guerra?

 

-Yo no lo se, mi general, sólo tengo catorce carreras -dijo humildemente el jardinero- Mire en el diccionario.

 

El general se levantó y buscó el diccionario en el cajón de su mesita de noche.

 

El diccionario de la Real Academia de la Lengua de Oassí sólo tiene doce palabras: Amor, beso, dar, día, dios, epanadiplosis, hijo, pan, paz, ser, tú y yo.

 

-Pues no viene... ¿Qué hacemos?

 

-No lo se -respondió Serenio confuso- Podemos ir a casa del gobernador, él debe saberlo.

 

El general estaba furioso.

 

-¡Es la primera vez que interrumpen nuestra partida de ajedrez en veintisiete años! ¡No tienen consideración!

 

El general estaba furioso por primera vez en veintisiete años.

 

-Serenio y el general fueron a la casa del gobernador. Allí, una secretaria que se estaba pintando las uñas los recibió atentamente.

 

-El general no puede recibirles porque está jugando con sus nietos (algo muy delicado, créanme). -Dijo tratando de no hacer ruido.

 

-Dígale que se trata de un asunto urgente. -dijo el jardinero mientras el general seguía pensando en la siguiente jugada.

 

Al poco tiempo se oyó el llanto de un niño y el gobernador abrió la puerta completamente irritado.

 

-¡Miren, miren como se ha quedado Pablito!.. ¿Es que ustedes no saben que no se puede enfadar así a un crío?.. ¿Es que ya no puede uno en este estado ni jugar con sus nietos?.. ¡Parece mentira! ¡Unos hombres hechos y derechos!

 

Tanto el general como el jardinero se sintieron avergonzados y mantuvieron la cabeza agachada hasta que el general comenzó a hablar.

 

-Lo sentimos mucho, señor gobernador, pero... Bueno, debe perdonar nuestra ignorancia. El caso es que esta mañana ha llegado al cuartel un telegrama que no entendemos muy bien. Dice así: "Estamos en guerra".

 

El gobernador quedó pensativo. Tenía cerca de cien carreras y debía darles una respuesta contundente, de lo contrario pensarían que era un ignorante y que no sabía jugar ni con sus nietos (y eso sí que no).

 

-Veamos -Dijo el gobernador con voz grave y serena- resulta que la palabra guerra se parece a Sierra y Tierra, pero no es ninguna de las dos. Debe ser un sustantivo que se encuentre entre ambos términos, semánticamente hablando, eso sí... Recuerdo que cuando yo era un chaval...

 

El gobernador, siempre que consideraba que un tema no era importante comenzaba a contarle su infancia a la gente. Pero Serenio y el general ya se la sabían de memoria, de modo que escucharon un ratito y se marcharon sin obtener respuesta.

 

Fueron entonces al casa del frutero. El podía saberlo porque su abuela le contó muchas cosas de pequeño que no conocía nadie en aquel estado.

 

-Mi abuela jamás pronunció semejante palabra... ¿Os pongo unas peritas que me han traído ahora mismo de la huerta? -El frutero no parecía muy interesado en el asunto, sólo le preocupaba la venta de fruta (como es natural).

 

Cada vez que Serenio y el general se encontraban a un ciudadano le preguntaban por el significado de la palabra "guerra", pero nadie sabía a qué se referían con aquello.

 

La preocupación se extendió por todo el estado y las gentes se preguntaban, unos a otros, qué querría decir aquel telegrama. De repente, Juan el vagabundo, se acercó al general y le dijo al oído...

 

-Es un error del telegrafista. Es por la mala letra que tiene el pobre. Esa palabra no significa nada.

 

¡Menuda irritación la del general cuando se dio cuenta del fiasco!.

 

-¡Que traigan ahora mismo al telegrafista! -El general estaba a punto de estallar.

 

El telegrafista (Eugenio) que andaba por allí, reconoció su error y pidió que lo juzgaran inmediatamente. Lo de haber paralizado a todo un estado no era un asunto baladí, pero enseguida asumió la responsabilidad.

 

El gobernador nombró un fiscal encargado de acusar al telegrafista y un abogado defensor para que lo defendiese. También nombró un juez entre la gente que estaba en la plaza.

 

-¡Este hombre ha paralizado a un estado entero, y todo para investigar el significado de una palabra que no existe! Esto es imperdonable, Eugenio merece por lo menos una tarde de cárcel. -El fiscal habló con absoluta rotundidad y fue muy aplaudido.

 

Ahora le tocaba el turno al abogado defensor, que no se achantó a la hora de decir...

 

-Un error lo tiene cualquiera. -La plaza hervía ahora en aplausos y la gente estaba expectante.

 

Ahora le tocaba al juez, que estaba escuchado atentamente a los oradores mientras hablaba con su hija Carmen. La cosa no era fácil... ¡Debía tomar la decisión de dejar en libertad o enviar a la cárcel a Eugenio! No, la cosa se presentaba complicada. Puede que por eso el juez tardara más de cinco segundos en resolver.

 

-Todos tienen razón, pero puesto que es la primera vez que comete un error en veintisiete años, que es muy amigo mío y muy buena persona, queda en libertad sin fianza y sin nada de nada después de pedir perdón a toda esta gente. Además -prosiguió- aquí no tenemos cárcel.

 

¡Menuda ovación! El juez fue el más aplaudido de todos.

 

Después, el telegrafista pidió perdón públicamente y la gente le regaló un bolígrafo nuevo para que no se equivocase al escribir.

 

Dicen los más viejos que era probable que el error fuera del bolígrafo y no del telegrafista. Los bolis de Oassí no eran muy allá, la verdad. Es posible que por eso, el telegrafista escribiese la palabra "guerra" en lugar de "sierra". Y es que la hija del general se había ido a la sierra de excursión.

 

Original de Luis Folgado de Torres

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Vinos de España

Las doce palabras del diccionario de la Real Academia de la Lengua de Oassí. El Profesor.

 

Cuando el general supo que todo Oassí estaba buscando al hombre más cuerdo del estado, se presentó vestido con traje de gala en la bolera de Eusebio. De su pechera colgaban media docena de medallas, entre ellas la "Gran Cruz del Mérito en Combate" con distintivo verde clarito, que le fue concedida por asistir en el parto a Maribel, la gata de  Juan el vagabundo).

 

-Buenas tardes, señores.- Irrumpió el mando esbozando altivo un elegante saludo marcial.

 

La bolera de Eusebio era el lugar donde se reunían las personas relevantes de la nación; aquellos bajo cuyos designios el estado se entregaba al bienestar de los ciudadanos. Aunque no había bolos (jugar a los bolos estaba prohibido por el ruido desde hacía poco más de veintisiete años), sí que se podía jugar a las cartas; concretamente al poker descubierto y al cinquillo.

 

-La suya y dos más.- La partida estaba tan emocionante que nadie se fijó en el aspecto radiante del general, que se quedó apoyado sobre el tapete con la cara sobre su mano derecha y un rictus de frustración evidente, pensabundo y meditativo.  

 

-¡Venga hombre! Pero si Joaquín se pasa la vida cotilleando, hablando de cosas intranscendentes con todo el que se para en su portal.- Entre carta y carta, los contertulios iban descartando a aquellos ciudadanos que no habían hecho méritos para ganarse el título de "ciudadano completamente cuerdo de Oassí".

 

-Y además colecciona tortilla de patatas, que lo he visto yo. Me planto.- El gobernador daba la puntilla a la candidatura de Juan, el de Javiera, que con noventa y tres carreras y casi sesenta años no había dejado el hogar materno alegando que "todo a su tiempo".

 

-Pues yo no colecciono nada.- El general ofrecía así su nominación al título de cuerdo, que le hacía mucha ilusión.

 

-Pero usted hace pelotillas, lo sabe todo el mundo.- El obispo, don Edinalberto de Sousa y Beltrán-Heidegeer, dejaba sin efecto las palabras del general que disimuló, como si no hubiera escuchado nada, secándose una inexistente gota de sudor de la frente. Definitivamente hoy no era el día del general.

 

-El alfarero, sí señor... ¡Qué gran artesano!, ¡Hombre recto de conducta irreprochable! Yo lo propongo ante la sala. Las veo y subo cinco.- El señor juez ya tenía candidato.

 

-Sí, muy recto sí que es el muchacho pero eso de hacer peces de barro y llevarlos a la playa "para que naden"...- Ahora le tocaba a Serenio, el jardinero,  de derribar la candidatura de Amador, Juez de Paz del Estado de Oassí.

 

-Comicios, buenas tardes caballeros, lo mejor será recurrir al sufragio universal para elegir al candidato.- El profesor acababa de entrar en escena, después de permanecer unos instantes a una distancia prudente de la mesa. -De este modo los candidatos serán elegidos con equidad por sus conciudadanos. Les dejo con su solaz juego de naipes que me apremia una cita y sólo quiero llegar tarde diez minutos. Feliz partida y departida, caballeros.

 

Era fascinante, el profesor tenía planificados hasta los minutos de tardanza. Era puntual hasta cuando llegaba tarde, eso sí que no era frecuente en Oassí.

 

-Aquí está todo el mundo un poco ido, no hay cuerdos en Oassí... ¡Para qué seguir buscando!.. ¡Un momento, ya está! El profesor es el hombre más cuerdo de todo el estado. Es perfecto, ya lo tenemos. Descubra la carta, gobernador- Julio, calafateador de buques de profesión, creía haber dado en la clave.

 

En efecto, el profesor era un hombre de conducta recta y gran probidad, del que no se conocía desliz alguno. Siempre jocundo, ataviado con chaqueta a cuadros y pajarita, llevaba casado treinta años y conservaba su amor a Isabela Moscoso intacto. Nunca presumía de las carreras de sus hijos y, cuando quedaba citado con alguien, siempre le advertía que llegaría diez minutos tarde.

 

-De eso nada, el profesor ha dicho que comicios y comicios. Yo también tengo derecho a presentarme que me hace mucha ilusión. -El general estaba perdiendo los papeles.- Deme cartas, Serenio.

 

- Será como dice el profesor. El jueves a las cinco y media en la Plaza Menor cada uno con una candidatura, que puede ser la suya propia. Serenio, lleve una urna o algo para echar las papeletas.- El gobernador dio por zanjado el asunto y siguieron echando la partida sin volver sobre la conversación.

 

A las cinco y media del jueves todo el estado se había reunido en la Plaza Menor para el mayor acontecimiento de los últimos veintisiete años: La elección del "Ciudadano más cuerdo de Oassí con distintivo azul Mónaco, banda tricolor clarita y placa bañada en oro", que así decidieron que se llamara el titulo nobiliario completo. Sólo faltaba el profesor, que ya había anunciado su llegada diez minutos tardía a tan esperado evento.

 

Uno tras otro, los ciudadanos de todo el estado (y tres o cuatro que se colaron de otro colindante) fueron haciendo uso de su derecho a votar, depositando la papeleta en la urna. Con todas las papeletas dentro, sólo faltaba alguien que quitara el precinto para proceder al recuento.

 

-Vamos, Teodonto, haga el favor de...-Teodonto, el carpintero, destrozó la urna de un martillazo y fue muy aplaudido por la concurrencia que vitoreó su nombre en dos ocasiones. Esto se le daba muy bien, al parecer, porque de hacer muebles no tenía ni idea el pobre.

 

Tras un exhaustivo recuento, el Miembro Portavoz Responsable de la Teneduría Integrada de Asuntos para la Difusión de Noticias Buenas (que tenía treinta y siete carreras terminadas y dos a medias por faltas de asistencia sin justificar) dio la orden al cuarteto de viento, cuerda y percusión de tocar la "sinfonía de pompa y circunstancia de Sir Eward Elgar". La plaza hervía con la música de timbales y trompas y la gente evidenciaba su nerviosismo tocando las palmas desacompasadamente. Finalmente, el gobernador hizo un gesto con la mano para que sólo redoblaran las cajas y, carraspeando en dos ocasiones, procedió a leer el nombre del ciudadano más cuerdo de Oassí:

 

-Por unanimidad casi total (porque el general se había votado él mismo) yo, como gobernador de este estado, nombro "Ciudadano más cuerdo de Oassí con distintivo azul Mónaco, banda tricolor clarita y placa bañada en oro" ¡al Profesor!

 

Bueno, bueno cómo estaba la plaza. Todos gritaban de contento y aplaudían enloquecidos. Hasta el general se puso en pie para aplaudir al Profesor, al que abrazó de corazón con lágrimas en los ojos mientras le colocaba la banda tricolor, y entregaba la placa bañada en oro. Entonces, el Profesor se orinó de felicidad.

 

Original de Luis Folgado

 

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Vinos de españa

In vino, veritas...

 

El poeta Virgilio, el sabio griego del vino y el placer que también pronunciara la frase: "De esta vida hay que irse como el convidado a un buen banquete; harto", nos da la clave del gozo ante los parabienes de la mesa y el vino como protagonista.

 

"Que nunca tu copa esté vacía", seguía diciendo con su copa rebosante, imagino, bien dispuesta para la ingesta amable de sus jugos.

 

Pocas cosas saben tan buenas como un vino, y pocas tan malas como un vino de mala nacencia y peor cuna. La vid, la tina y la barrica nos conceden lo mejor y lo peor de este néctar glicérido que se vierte en la mesa y es alegría,  en la boca golosina y en la garganta paz. Por eso, no es de extrañar que los viejos riojanos sientan menoscabo de vinos mal nacidos susurrando... "Lo malo del vino es el vino malo".

 

Hasta el mismísimo Murphy se pronuncia en este sentido en una de sus leyes, que reza así:

 

"Si en una barrica de vino bueno echamos una copa de agua sucia obtendremos agua sucia. Si, por el contrario, en una barrica de agua sucia echamos una copa de vino bueno, conseguiremos agua sucia".

 

"Dame pan y dime tonto", bien pudiera ser un aserto de aquellos que acallan sus críticas frente a políticos indeseables a los que dar su voto. Nosotros preferimos el "dame vino y dime listo", porque el vino bien tomado aumenta las miras y enjuga el pensamiento, aportando a quien lo queda valentía ante la vida y el amor.

 

El amor se inicia frente a la copa que predispone, y culmina en un tálamo ardiente. Vino y besos, las copas del gozo deben estar llenas para cuando los cuerpos se embadurnen de caricias y vida.

 

Terminamos como comenzamos esta loa al vino generoso... In vino véritas; en el vino está la verdad.

 

Luis Folgado

 

Vinos de España

Psicología Madrid

Deja vu en el metro de Madrid

 

De pequeño siempre quise vivir en una ciudad. En una ciudad con metro. En una ciudad con metro de Madrid.

 

            Y no es sencillo, ni mucho menos, acabar viviendo en esta ciudad. Cientos de millones de almas en pena viven en este mundo y los de Madrid no llegamos ni a los cinco millones (contando a los que vivimos en Aluche, que también hemos acabado en Madrid aunque casi estemos en Alcorcón).

 

            De pequeño siempre me gustó montarme en la línea 5 (Aluche) para ir a casa de mi amigo Julián, que se tuvo que venir a Madrid porque su padre se quedó metido en el paro de Extremadura y no quería destripar terrones resecos. Eran, casi todos, trenes de color rojo oscuro (me acuerdo perfectamente) que siempre iban con las ventanas abiertas. Eran tan feos que me los quedaba mirando muy serio desde el andén y los dejaba pasar, uno tras otro, hasta que pasaba uno que era azul; me gustaban mucho más lo azules.

 

            Ahora, cuando por fin he conseguido vivir en Madrid sin tener que ir a Carabanchel a casa de Julián, ni tener que visitar a mis aburridas titas de General Pardiñas, meto una moneda en la ranura de una de las máquinas de la entrada y ando derecho hacia las escaleras mecánicas en busca del andén subterráneo de mis infancias.

 

Siempre es lo mismo. El metro es un puro deja vu desde que entras hasta que sales. Más bien es una cosa rara entre un deja vou y la "teoría del eterno retorno" de Nietzsche.

 

Para empezar no tienes por qué saber si es de día o de noche porque siempre está iluminado por dentro y negro por fuera de los vagones. Los cables adosados a la pared del túnel son de colores y parece que se mueven de arriba abajo al avanzar el convoy por dentro de las tripas de Madrid. Siempre hay una mujer sentada con las piernas cruzadas en el andén de enfrente. Un hombre medio bien vestido se duerme al salir de Oporto, entra en fase REM en Marqués de Vadillo, en fase NO REM en Pirámides y despierta al llegar a Puerta de Toledo, justo cuando todos pensábamos que acabaría el trayecto en la Alameda de Osuna zarandeado por un guardia de seguridad.

 

Una pareja de adolescentes se recata al final del vagón para morrear (imagino por decoro o algo parecido). Un tipo con un diente de oro toca triste un maltrecho acordeón con un relieve de Lennin y unas teclas amarillas como sus dientes. Una peruana muy mulata deja ver su melena teñida de rubio desplegándola ante todos los que vamos dentro del gusano. El pelo rubio en una mulata no pega, pero en el metro sí que pega; por eso casi nadie la mira. La señora que lee un libro siempre va en el metro. A lo mejor no es capaz de chupar una página en el Retiro o en un banco de la Casa de Campo, pero en el metro siempre está leyendo, atravesando su mirada unas gafitas atadas a una guita fina que le rodea el cuello.

 

En el metro siempre ves mochilas. Siempre las mismas mochilas de las mismas estúpidas marcas de deporte que portan barrigudos curritos cuya gimnasia no es otra que la de cambiar filtros de aceite, cambiar fuminallas de cisternas ajenas o vete tú a saber.

 

A veces un empleado de banco displicente se cuela en La Latina y nos asombra a todos con su corbata a juego y su cara de "se me ha roto el Volvo y no me ha quedado más remedio que meterme en vuestro agujero". ¡Qué tonto, con lo bien que se está en el metro!... Otras veces un pobre con un vaso de plástico arremete contra nuestro sosiego y nos cuenta que ha estado en la cárcel y no se cuántos sitios más. Yo nunca les doy nada, que salen del talego con su paro y todo.

 

En el metro se liga mucho. Con la mirada pero se liga mucho. Todo el mundo pega el repaso al vagón buscando una cara atractiva o al menos interesante que llevarse para casa al final del día. Algunos somos algo disimulados y nos limitamos a un reconocimiento superficial de ojos y facciones, pero otros (y otras) son más descarados y relamen de un vistazo las caras más bonitas, que lo he visto yo.

 

Cristóbal Colón llegó a América en la Nao Santa María y ahora los pobladores de aquellos paraísos selváticos se han metido en el metro y no hay quien los saque de aquí. Hay mucha más gente de Sudamérica en el metro que en Sudamérica (estadísticamente, claro). Comparando, en Madrid casi no hay sudamericanos, están todos en la línea 5 (Aluche) y se bajan entre Vista Alegre y Empalme casi siempre. Sus gorras, sus ropas de colores chillones (siempre de una o dos tallas menos), sus niños repeinados y sus caras serias de indios que lo perdieron todo menos el orgullo le han cogido el gusto al suburbano y ya forman parte de andenes y coches. A veces me da por pensar que, sin ellos, en el metro iríamos sólo el maquinista y yo.

 

Soy uno de los muchos desafortunados que tienen que ir a trabajar en coche soportando, con más estoicismo que el propio Zenón de Citión, los atascos de la carretera de Extremadura y a los tertulianos de Onda Cero. Por eso, cuando hace tiempo que los ciclos circardianos de mi cerebro no me regalan un deja vou, cojo la línea 5 camino de Callao y me voy por esos mundos...

 

Original de Luis Folgado

Psicólogos Madrid

Diccionario de Psicología